miércoles, 21 de octubre de 2015

Mañana se celebra el Día Internacional de la Tartamudez

La tartamudez, conocida entre los especialistas como disfemia, es un trastorno de la comunicación que se caracteriza por interrupciones involuntarias del habla “acompañadas de tensión muscular en cara y cuello, miedo y estrés”, según se explica a través de la Fundación Española de la Tartamudez. Sus efectos psicológicos pueden llegar a ser severos, “afectando al estado de ánimo de la persona y llegando a ser causa, en muchos casos, de un importante aislamiento social”.

Pese a no tener cura, los efectos de la tartamudez pueden aligerarse mediante el tratamiento logopédico, y en este sentido, la logopeda Raquel Escobar Díaz, jefa del servicio de Logopedia del centro médico El Castro Porriño de Pontevedra, ha explicado que “en los últimos  años asistimos a una renovación integral en el abordaje de la tartamudez, infantil y adulta”.

La experta, que recientemente ha impartido un curso sobre disfemia en Granada, organizado por el Colegio Oficial de Logopedas de Andalucía (Coloan), aclaró que hay numerosos estudios que aportan cada día “nuevas claves sobre su origen, tirando por tierra antiguas teorías y formas de actuación”.

Una de las antiguas creencias venía a indicar que la tartamudez se hacía persistente a causa de la consciencia de la misma, lo que ha sido tirado por tierra en un estudio que dirige Escobar y en el que colaboran profesionales de Coloan y la Fundación Española de la Tartamudez, según el cual, en el 86% de los casos, los niños manifiestan consciencia de su tartamudeo en el primer año.

Los cuadros primarios de tartamudez se van agravando con el paso del tiempo tras la aparición de comportamientos secundarios, que pueden ser de tipo emocional –enfado, frustración- o de tipo verbal, -sustitución de unas palabras por otras, giros en el discurso-, y que pueden llegar a generar, además, ansiedad o baja autoestima en el niño. Estas manifestaciones aparecen a lo largo del primer año en el  91% de los niños, siendo perceptibles ya desde las primeras disfluencias en el 60% de los casos.

“Debido a estos comportamientos secundarios, durante muchos años se ha creído que el origen de las disfemias era de tipo psicológico y derivado de una presión en el entorno cercano de los niños”, aclara Escobar, que asegura, además, que “hasta hace bien pocos años, el protocolo de actuación era no actuar, no hacer nada, para no crear un conflicto en el niño y una conciencia de su tartamudez”.  Hoy podemos afirmar que la tartamudez tiene un origen neurológico y un elevado componente genético” -entre el 60 o 80% presentan un familiar que tartamudea-.
Entre los dos y los cuatro años
La tartamudez comienza, de modo característico, entre el segundo y cuarto año de vida, aunque se suele confundir con las dificultades propias de la edad a la hora de hablar. Es habitual que los niños pequeños, entre 2 y 5 años, no tengan una fluidez total en el habla hasta que aprenden a organizar las palabras y las frases. Sin embargo, hay que ser conscientes de que las disfluencias del niño pueden ser atípicas, por lo que es imprescindible diferenciarlas de las más corrientes para tratarlas lo antes posible.

La detección temprana o precoz de la tartamudez es vital para el futuro del niño, por lo que es muy importante realizar una consulta preventiva con un terapeuta del lenguaje especializado y no esperar, ya que cuanto más cerca del inicio del síntoma se intervenga, mejor será el resultado.